El 17 de abril, miles de trabajadores y trabajadoras salieron a las calles de Lisboa para decir:¡Basta ya! Basta de salarios bajos. Basta de precariedad. Basta de un paquete de medidas que no protege a las y los trabajadores, sino que refuerza el poder de los especuladores.
La manifestación, organizada por la Confederación General de los Trabajadores Portugueses – Intersindical Nacional (CGTP-IN), fue más que una protesta nacional. Fue una señal clara: Las y los trabajadores no aceptan retrocesos. No aceptan que, en nombre de la «modernización», se ataquen derechos conquistados a lo largo de décadas. El conflicto es evidente. Por un lado, un gobierno que propone una mayor flexibilización del trabajo, una adaptación más fácil de los horarios laborales y un debilitamiento de los convenios colectivos. Por otro lado, trabajadoras y trabajadores que saben exactamente lo que eso significa en la práctica: más precariedad, más presión, menos derechos.
También en Suiza asistimos a una ofensiva política que, aunque con un lenguaje diferente, sigue una lógica similar: dividir para debilitar. La iniciativa del partido SVP/UDC, conocida como «¡No a los 10 millones de habitantes en Suiza!», pretende frenar el crecimiento demográfico, pero, en realidad, ataca los derechos de todas y todos nosotros, las trabajadoras y trabajadores, al utilizar a las personas migrantes como chivos expiatorios.
Al igual que en Portugal se intenta contraponer la competitividad a los derechos, en Suiza se enfrenta a las y los trabajadores entre sí: suizos contra extranjeros, residentes contra recién llegados. Sin embargo, este discurso ignora una realidad fundamental: son precisamente las personas migrantes las que mantienen en funcionamiento sectores enteros, desde la construcción, pasando por la sanidad, hasta la hostelería y la industria. Atribuir la culpa de los problemas estructurales a la migración es una estrategia política conocida. Sirve para desviar la atención de los verdaderos retos: salarios demasiado bajos, aumento del coste de la vida, falta de inversión en los servicios públicos y presión creciente sobre las condiciones de trabajo. En Portugal, las y los trabajadores responden con movilizaciones. En Suiza, el reto es no caer en la trampa de la división. Porque cuando se atacan los derechos, nunca es solo un grupo el que sale perdiendo. Hoy son las personas migrantes. Mañana serán todas y todos los trabajadores.
La historia del movimiento sindical nos enseña una verdad fundamental: ninguna conquista se ha logrado de forma gratuita. Todo se ha conseguido de manera colectiva, con solidaridad y de forma organizada. Por eso, la respuesta no puede ser ni el miedo ni el aislamiento. Tiene que ser la solidaridad.Solidaridad entre las y los trabajadores, independientemente de su origen. Solidaridad entre países, pues las políticas hostiles hacia las y los trabajadores no conocen fronteras. Y una solidaridad activa, que se expresa en la movilización, la organización y la resistencia. La manifestación del 17 de abril en Lisboa no es un hecho aislado. Forma parte de una lucha más amplia, que también nos concierne aquí en Suiza.Ante propuestas que dividen y debilitan, la respuesta debe ser clara: No a la precariedad, no a la discriminación, no a la política del chivo expiatorio. Sí a la dignidad. Sí a los derechos. Sí a la solidaridad. Porque, al fin y al cabo, es sencillo: o avanzamos juntos, o perdemos por separado.