La cobertura mediática actual de las protestas en Irán pone de relieve una realidad que la población iraní padece desde hace décadas. La represión en Irán no es un hecho puntual, sino parte de la doctrina estatal. En este contexto, la organización colectiva implica exponerse a consecuencias imprevisibles, un riesgo que muchas personas asumen con una valentía admirable, incluso a costa de cualquier precio.
«El camino hacia la liberación de los trabajadores y trabajadoras, así como del conjunto de la población trabajadora, no pasa por “líderes” impuestos desde arriba, ni por la dependencia de potencias extranjeras, ni por facciones internas del orden dominante». Con esta contundencia se posicionó el sindicato de conductores de autobuses de Teherán con motivo de las nuevas protestas en Irán.
Se trata de una declaración de enorme peso histórico. Desde su fundación en 1958, tanto los cofundadores del sindicato como sus miembros han sido objeto de represiones reiteradas: Han sido detenidos y torturados durante su encarcelamiento. A día de hoy, el activismo sindical en Irán continúa expuesto a despidos, penas de prisión, torturas y, en algunos casos, hasta a la pena de muerte. El sindicalismo independiente y otras formas de organización colectiva son reprimidos en el país mediante una violencia sistemática y brutal.
Cuando hablamos de una oposición fragmentada en Irán, no debemos perder de vista el enorme valor que exige construir formas de organización colectiva en un país sin libertad de asociación, donde los partidos políticos y los sindicatos están prohibidos. La oposición paga un alto precio por la libertad: la cárcel, el exilio o la participación en protestas en las que la vida puede perderse en cualquier momento. Décadas de represión contra las organizaciones independientes han limitado severamente las posibilidades de representación colectiva. Y, sin embargo, hoy asistimos a una convergencia de dos luchas: la lucha por la libertad política se mezcla con la demanda de seguridad social. Una vez más, la población demuestra que ha llegado a un punto en el que está dispuesta a asumir cualquier consecuencia para defender sus derechos.
El mensaje de los conductores de autobuses de Teherán es sintomático de la madurez del movimiento: reclaman una solución desde dentro. Es un rechazo a la lógica del beneficio geopolítico y al retorno de viejas estructuras autoritarias. El texto subraya una constatación fundamental de la sociología política: un cambio social auténtico no puede ser importado, sino que debe surgir de las luchas autónomas desde el seno mismo de la sociedad.
La autora es estudiante y está haciendo prácticas en el sindicato Unia