La inteligencia artificial no es inteligente en el sentido humano del término. En esencia, se trata de algoritmos que analizan grandes cantidades de datos existentes, identifican patrones en ellos y los aplican a situaciones nuevas. De este modo, la IA reproduce el pasado y, con él, las desigualdades y discriminaciones existentes en nuestra sociedad. Esto entraña riesgos considerables para las y los trabajadores.
Los algoritmos aprenden a partir de datos anteriores y, en consecuencia, también reproducen los prejuicios presentes en ellos. Esto se hace especialmente evidente en los procesos de selección de personal: los sistemas de IA se entrenan con decisiones previas y, así, identifican qué candidaturas fueron consideradas “exitosas” y cuáles no. En este contexto, una evaluación basada únicamente en factores como el nombre, el género o la fotografía puede derivar en un trato desigual. Si bien este fenómeno no es nuevo, los sistemas algorítmicos introducen una complejidad adicional: son capaces de inferir características como el género, el origen o la clase social a partir de indicios aparentemente neutros, como la trayectoria educativa, las competencias lingüísticas o la experiencia profesional. Como resultado, algunas personas candidatas pueden ser descartadas automáticamente, sin que medie una revisión humana de sus perfiles.La discriminación, además, suele comenzar incluso antes de que se presente una solicitud. Investigaciones de “AlgorithmWatch” han demostrado que los anuncios de empleo en plataformas digitales, como Facebook, se distribuyen de manera selectiva: se muestran a ciertos grupos y se ocultan a otros. Este mecanismo contribuye a reforzar estereotipos tradicionales, ya que, por ejemplo, los trabajos en el ámbito del cuidado infantil se dirigen con mayor frecuencia a mujeres, mientras que los empleos en el sector del transporte se muestran predominantemente a hombres.
También en la vida laboral cotidiana, el uso de la IA está incrementando la presión sobre las y los trabajadores. Bajo el argumento de mejorar la eficiencia y la productividad, los procesos se intensifican y aceleran. Para quienes trabajan, esto se traduce en un mayor ritmo, más control y niveles más altos de estrés, sin que ello implique una participación en los beneficios, aumentos salariales o más tiempo libre. En los grandes centros logísticos, como los de Amazon, esta dinámica alcanza niveles extremos: los algoritmos asignan tareas, calculan los tiempos necesarios y supervisan de forma constante el rendimiento. La IA analiza los datos en tiempo real y, si no se cumplen los objetivos establecidos, las sanciones pueden aplicarse de manera automática.
El uso de la IA en el lugar de trabajo no puede quedar al margen de la regulación. Las decisiones deben poder ser cuestionadas y revisadas. Por ello, el Unia defiende la necesidad de transparencia en la aplicación de sistemas de IA en el entorno laboral. Los derechos de participación de las y los trabajadores también deben garantizarse en el ámbito de las tecnologías digitales. Los empleadores son los máximos responsables del uso de estos sistemas y deben rendir cuentas por posibles errores o decisiones injustas. En casos de sospecha o evidencia de discriminación, es posible presentar una denuncia ante “AlgorithmWatch”.
Referencias:
La autora es secretaria especializada del Unia